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Caminando por
la sinuosa y estrecha vereda avanzo hacia ese lugar del que he oído hablar
tanto en las últimas semanas. Cráneo encontrado en medio de un pedregal. Ningún
otro resto después de peinar a conciencia la zona por la policía y sus
eficientes perros.
Me siento
sobre un asiento natural que ante mí aparece. Estoy francamente cansada, ya no
puedo hacer largas marchas y esta me ha superado.
Creo que
estoy sola pero al mirar en derredor compruebo que un poco más retirado, a mi
derecha se halla una figura también sentada. Me cuesta distinguirla pero, al
fin, concluyo que es del género opuesto al mío. Un hombre sin duda, aunque lleva
el pelo recogido en una cola de caballo. Eso me hace pensar que yo me he
peinado así muchas veces aunque ya ha pasado tiempo de ello. Se para mi
pensamiento evocador de otras vivencias que se fueron.
Después de un
rato veo al hombre que, erguido me parece muy alto y delgado y veo, con algo de
intranquilidad, que se dirige hacia donde yo estoy. Llega a un par de metros de
mí y yo, desconcertada, no sé qué hacer. Espero. Huir no puedo, me alcanzaría
sin duda pues me resiento de la pasada operación quirúrgica en mi rodilla, el menisco
que me daba tanta lata. Llega a mi altura y me saluda correctamente.
-Buenos días
señora, me parece que ud. no debería andar por estos andurriales. Nunca se sabe
dónde puede estar el peligro.
-Buenos días,
le respondo, sin más. Toma asiento a mi lado, muy junto pues la llana piedra no
da para más.
-Supongo que ha
venido por la noticia de los restos encontrados en este lugar.
-Así es, le
respondo sin fijar en él mi mirada, pero no por morbo, era una calavera de
bastante tiempo atrás pero sí por acomodar mi pensamiento por lo que pudo
suceder ya que me gusta escribir…
No me deja
terminar mi explicación pues ya me está dirigiendo otra pregunta.
-¿Cómo es que se ha atrevido a venir sola? Por
cualquier parte puede presentarse el peligro y, más siendo Usted tan bonita.
No puedo
evitarlo. Me están aumentando las pulsaciones y excitando los nervios. Lo noto.
Lo notará también él, -me pregunto. Lo miro por primera vez y observo su
semblante que en ese momento mira al frente fijamente.
Qué situación
tan penosa, estoy arrepentida de haber hecho esta marcha sin compañía, lo
cierto es que no está muy lejos de la carretera donde aparqué el coche.
Vuelve él la
mirada y me sorprende. Nos miramos fijamente y, ya por fin, soy yo quién aparta
la mirada.
Oiga, -dice- ¿le
apetece un aperitivo? Llevo viandas para todo el día, las puedo compartir, aquí
en el campo se abre el apetito, al menos eso se dice.
Saca de su
morral que porta a la espalda unos bocadillos. – De pan bueno, no me gusta el de
molde. Me ofrece el surtido bien protegido en papel de albar. Lo miro, y luego echo
una mirada a lo que me ofrece. Me decido y cojo uno que me parece de lacón o york.
Le doy las gracias y mientras comemos empezamos a hablar, cosas triviales para
llegar a una conversación más profunda cuando ya termino mi bocadillo. Él está
muy serio mientras empieza a relatarme por qué está ahí.
Vengo cada
vez que no trabajo, es un lugar tétrico y triste, comenta.- Hace años que hubo
aquí un suceso…no tiene idea, ¿verdad? No. -Le respondo. He venido por las
noticias.
-Sí, lo he
visto yo también y no me ha gustado que hablaran de ello; los periodistas
pueden ser muy desalmados no teniendo en cuenta el dolor que pueden causar,
¿por qué sacarlo a la luz si sucedió hace tiempo?
- Y, ¿qué fue lo que pasó? Indago. También me
uno a la insensibilidad de la gente, pero ya no puedo eliminar mis palabras. Me
excuso.
- No se
preocupe. Es normal querer saberlo. Se queda pensativo de nuevo y al rato
comienza a hablar como si se encontrara solo consigo.
- Alba, mi
amor. Mi amor eterno. Te quiero, te sigo queriendo. Desalmados, crueles, ¡cómo
pudieron! Nos queríamos tanto…te violaron, te robaron la vida; me robaron la
vida, me robaron mi sueño. Alba, alma mía. Aquí tu rostro hallaron, solo eso,
solo eso encontraron.
Pasó mucho
rato con sus manos entrelazando las sienes. Lo miro a veces, otras mi mirada se
pierde ante el sembrado que a lo lejos se atisba.
¿Vienes? -me
dice- luego de un rato largo. Muy largo. Lo miro y le digo: contigo voy donde
quieras, tengo coche, ¿y tú? No me responde. Se levanta y me coge de la mano. Empezamos
a caminar en oposición al coche. Me siento tensa pues su presión sobre mi mano
aumenta. Tengo miedo no sé por qué, pero lo tengo. Casi me lleva corriendo. A dónde
vamos, -me digo en mi angustia.
¡Alba! Es lo último
que oigo antes de perder el conocimiento. No debí acudir sola, me digo, ya en
otra dimensión.
Puff, al fin
termino mi cuento. Voy a despejarme pues lo necesito, me ha absorbido demasiado
este escrito.
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