lunes, 1 de mayo de 2017

Temeridad (al momento)

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   Caminando por la sinuosa y estrecha vereda avanzo hacia ese lugar del que he oído hablar tanto en las últimas semanas. Cráneo encontrado en medio de un pedregal. Ningún otro resto después de peinar a conciencia la zona por la policía y sus eficientes perros.
   Me siento sobre un asiento natural que ante mí aparece. Estoy francamente cansada, ya no puedo hacer largas marchas y esta me ha superado.
   Creo que estoy sola pero al mirar en derredor compruebo que un poco más retirado, a mi derecha se halla una figura también sentada. Me cuesta distinguirla pero, al fin, concluyo que es del género opuesto al mío. Un hombre sin duda, aunque lleva el pelo recogido en una cola de caballo. Eso me hace pensar que yo me he peinado así muchas veces aunque ya ha pasado tiempo de ello. Se para mi pensamiento evocador de otras vivencias que se fueron.
   Después de un rato veo al hombre que, erguido me parece muy alto y delgado y veo, con algo de intranquilidad, que se dirige hacia donde yo estoy. Llega a un par de metros de mí y yo, desconcertada, no sé qué hacer. Espero. Huir no puedo, me alcanzaría sin duda pues me resiento de la pasada operación quirúrgica en mi rodilla, el menisco que me daba tanta lata. Llega a mi altura y me saluda correctamente.
   -Buenos días señora, me parece que ud. no debería andar por estos andurriales. Nunca se sabe dónde puede estar el peligro.
  -Buenos días, le respondo, sin más. Toma asiento a mi lado, muy junto pues la llana piedra no da para más.
  -Supongo que ha venido por la noticia de los restos encontrados en este lugar.
  -Así es, le respondo sin fijar en él mi mirada, pero no por morbo, era una calavera de bastante tiempo atrás pero sí por acomodar mi pensamiento por lo que pudo suceder ya que me gusta escribir…
   No me deja terminar mi explicación pues ya me está dirigiendo otra pregunta.
  -¿Cómo es que se ha atrevido a venir sola? Por cualquier parte puede presentarse el peligro y, más siendo Usted tan bonita.
   No puedo evitarlo. Me están aumentando las pulsaciones y excitando los nervios. Lo noto. Lo notará también él, -me pregunto. Lo miro por primera vez y observo su semblante que en ese momento mira al frente fijamente.
   Qué situación tan penosa, estoy arrepentida de haber hecho esta marcha sin compañía, lo cierto es que no está muy lejos de la carretera donde aparqué el coche.
   Vuelve él la mirada y me sorprende. Nos miramos fijamente y, ya por fin, soy yo quién aparta la mirada.
   Oiga, -dice- ¿le apetece un aperitivo? Llevo viandas para todo el día, las puedo compartir, aquí en el campo se abre el apetito, al menos eso se dice.
   Saca de su morral que porta a la espalda unos bocadillos. – De pan bueno, no me gusta el de molde. Me ofrece el surtido bien protegido en papel de albar. Lo miro, y luego echo una mirada a lo que me ofrece. Me decido y cojo uno que me parece de lacón o york. Le doy las gracias y mientras comemos empezamos a hablar, cosas triviales para llegar a una conversación más profunda cuando ya termino mi bocadillo. Él está muy serio mientras empieza a relatarme por qué está ahí.
   Vengo cada vez que no trabajo, es un lugar tétrico y triste, comenta.- Hace años que hubo aquí un suceso…no tiene idea, ¿verdad? No. -Le respondo. He venido por las noticias.
  -Sí, lo he visto yo también y no me ha gustado que hablaran de ello; los periodistas pueden ser muy desalmados no teniendo en cuenta el dolor que pueden causar, ¿por qué sacarlo a la luz si sucedió hace tiempo?
  - Y, ¿qué fue lo que pasó? Indago. También me uno a la insensibilidad de la gente, pero ya no puedo eliminar mis palabras. Me excuso.
  - No se preocupe. Es normal querer saberlo. Se queda pensativo de nuevo y al rato comienza a hablar como si se encontrara solo consigo.
  - Alba, mi amor. Mi amor eterno. Te quiero, te sigo queriendo. Desalmados, crueles, ¡cómo pudieron! Nos queríamos tanto…te violaron, te robaron la vida; me robaron la vida, me robaron mi sueño. Alba, alma mía. Aquí tu rostro hallaron, solo eso, solo eso encontraron.
   Pasó mucho rato con sus manos entrelazando las sienes. Lo miro a veces, otras mi mirada se pierde ante el sembrado que a lo lejos se atisba.
   ¿Vienes? -me dice- luego de un rato largo. Muy largo. Lo miro y le digo: contigo voy donde quieras, tengo coche, ¿y tú? No me responde. Se levanta y me coge de la mano. Empezamos a caminar en oposición al coche. Me siento tensa pues su presión sobre mi mano aumenta. Tengo miedo no sé por qué, pero lo tengo. Casi me lleva corriendo. A dónde vamos, -me digo en mi angustia.   
   ¡Alba! Es lo último que oigo antes de perder el conocimiento. No debí acudir sola, me digo, ya en otra dimensión.
  Puff, al fin termino mi cuento. Voy a despejarme pues lo necesito, me ha absorbido demasiado este escrito.








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