Estaciones del Año
Primavera
Primavera, tanto de ti se ha hablado,
tanto se te pondera, que inventaría palabras
para decirte cosas que nadie supiera
y, en haciéndolo, reclamo de amores fueran:
amigos, compañeros, hermanos cristianos
y de pareja en promesas sin fin.
Pero solo soy una pobre persona, vulgar,
sin estímulo ni entendederas; aún así...
me atreviera a dedicarte en humildad
lo que me sugiere tu nombre: paz.
Vida renovada, en busca de las alturas
como incansable hace la hiedra.
¡Ay Primavera! Afortunada por tu nombre
precursor siempre de cosas bellas.
Verano
Tan deseado, codiciado, por chicos y mayores
que tu paso siempre esperan entusiasmados.
Tus destellos ardientes les son propicios
para realizar lo que por largos meses anhelan:
disfrutar de tu tiempo hermoso;
dejarse acariciar por tus atrayentes rayos
mientras, felices, en las playas piensan.
Estás tan habituado a ello que ni te inmutas
ante la emoción que cada año siembras.
Admiradores por doquier encuentras
y, te engalanas con los mejores atavíos
que a tu libre paso, fácil encuentras.
Dueño absoluto te sabes de corazones
y, complacido te ofreces, siempre dispuesto.
Otoño
Prometedor de caldos que el ánimo elevan
mientras, cuitadamente acariciar te dejas,
sabedor de cuán admiradores tienes,
quienes, ida las calimas, tu milagro esperan;
ese que realizas sin lienzos ni pinceles,
y que a quienes te queremos, nos encandila,
contemplando extasiados cual si milagro fuera
el embrujamiento que de tus colores obras,
en un agasajo de amor por serte fieles
y pacientes en la añorada espera.
No sé cómo tan dentro de mí te atesoro,
pero, es el caso, que por ti imploro.
¡Tantas cosas te diría! ¡Tantas callo!
Estación querida, la del alma mía. ¡Mía!
Invierno
Eres sugerente y majestuoso.
Embozado tras tu fría apariencia,
encierras escondidas, ardientes pasiones
que, tras sus chales de protector tejido
ansían ser descubiertas cual oculto tesoro,
destinado, solo a quien lo encuentre
que no ha de ser cualquiera,
sino quien arrostre la gélida prueba
a que es sometido durante tus duros fríos.
Después, ya la desaparecida frialdad
en calor humano se transforma, calentando
y cambiando la vida del alma que espera,
con ilusión desbordante, esa promesa
pura y limpia que surge tras la nieve.
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