Estaba a punto de nacer y conforme esperaba, Rafael
se ponía más y más nervioso. Ya no solo se paseaba sino que daba tales zancadas
por el pasillo que comenzó a ser molesto para los demás que a su vez también
estaban nerviosos mientras sus vástagos se decidían a asomarse a este mundo tan
desconocido para ellos, pero desde luego atrayente, después de haber
permanecido tantas semanas encerrados en ese cubículo remojados e ignorantes de
todo excepto, cuando le daban una patada a su envoltorio sin saber lo que era
pero, que les agradaba pues después, sentían como una suave caricia que los
sumía en un estado de éxtasis sin saber qué sensación era esa pero que sin
embargo les agradaba tanto.
¡Rafael! Marido
de M. Jesús, vaya a la sala de espera de paritorios -se escuchó en el altavoz-
y Rafael en lugar de acudir presuroso se quedó quieto anonadado.
-Vaya. Vaya- Le dijo una abuela. Me parece que es a ud. a quién han llamado. Rafael corrió a
ver a su mujer y a su hijo o hija, no habían querido saber el sexo por no
privarse de esa grata sorpresa.
Entró donde
su mujer ya arreglada, estaba semiinconsciente, aparentemente dormida. Se
acercó a ella. Miró su rostro y pensó en lo bonita que era descansando en ella
por unos instantes su mirada. La besó con una dulzura que en sí mismo sintió y
que nunca antes había experimentado. Amor, pasión, eso sí. Cada día. Cada
instante que el trabajo le alejaba de ella le parecía más largo y no se
entretenía en nada ni con nadie al salir cuando sonaba la sirena. A veces los
compañeros se burlaban amigablemente de él, pero los ignoraba. Conducía con
ansia por alcanzar su casa porque en ella sabía que su mujer lo aguardaba y el
encuentro era tan efusivo como la primera vez que juntos la puerta de su hogar
traspasaran.
Al momento
sus ojos buscaron al bebé a uno y otro lado, mas el bebé no estaba. Miró a la
enfermera que lo acompañaba, preguntando sin mediar palabras. Ella tragó saliva
antes de hablar: -Espere, el doctor le verá enseguida, yo le avisaré de su
llegada. Y esperó sospechando mientras la miraba. No. Eso no podría ser. La angustia
se apoderaba de él. Volvió a besarla suavemente. Una lágrima que escapaba de
sus ojos a ella le cayó en el pelo en el momento que le volvía la cara. Adivinó
que estaba a su lado antes de verlo, conocía su olor, su presencia aliada a su
amor tan familiar y por fin, mirándolo le sonrió. Alargó la mano para coger la
suya. Es un niño, -le dijo. Él respiró al fin profundamente.

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