A la Naturaleza
A la
Naturaleza
Yo, “desde su más tierna infancia” -como
es el dicho- tuve la certeza de que mis hijos no eran míos.
Solo estaba
obligada por amor a cuidarlos y educarlos.
En este momento acabo de comprender que
además solo somos transmisoras de ellos, antes y después de su alumbramiento.
Son seres ajenos a nosotros; es cruel
decirlo, más, vivirlo. Estamos solas, entonces, ahora y a o largo de nuestra
vida y lo estaremos igual, a la hora de nuestra muerte.
Nadie es responsable de este hecho. La
vida es así, simplemente; se transmite por nosotras como vasos comunicantes,
como alambiques, sin detenerse en nadie; sin principio ni fin, una espiral
inacabable
de la que el
hombre es partícipe porque así lo requiere la “Diosa Naturaleza”
Inclinémonos ante ella. Siempre será más fuerte que nosotros y siempre nos
doblegará. Pero, yo te digo “Diosa”
que con todo tu poder eres imperfecta. Hay muchas mujeres que escapan a este absurdo
capricho tuyo. Mujeres que no te han servido para tus planes; no han
fructificado, y también te digo que te han vencido. La pena es que ellas no lo
saben; no se aperciben de que no son fracasadas, sino las vencedoras según esta
teoría. Pero yo reniego de “ella” No lo acepto.
Yo fui vida de mi madre y soy vida de mis
hijos, y mis hijos vida de sus vidas, sus “pequeñas vidas”, sus hijos. Y más lejos de este mundo difícil y
misterioso, yo te digo, ponzoña de
Naturaleza; yo te digo –lo afirmo, lo rubrico- que de la vida que de mi madre
vive en mí, en mis hijos y nietos no va a rodar a tu capricho. No la vas a
moldear graciosamente. ¡No!. Me rebelo y te grito: esta vida va a durar
eternamente, porque, por encima de ti está Quién a ti te hizo.
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