martes, 28 de marzo de 2017

Mi Padre (Tiempos de Antes)

                                                  

                                                                                      Mi    Padre    Tiempos de Antes

    Mi padre, persona singular, sin lugar a dudas. Desde que mi memoria me alcanza siempre lo recuerdo trayendo a colación, a la hora de comer, alguna chanza. Siempre tenía anécdotas que contarnos. Mientras todos reunidos alrededor de la mesa ovalada, comíamos, escuchábamos sus novedades pues raro era el día que no nos relataba alguna y estábamos atentos a su divertida conversación.
    Su diario era el desaparecido MADRID del que fue fiel comprador hasta la desaparición de éste. Fue como si algo se nos hubiera requisado sin piedad, tan habituados estábamos a su presencia en el cuarto de estar o en el comedor -entonces no éramos tan finos como  para decir salón a piezas de no más de catorce o dieciocho metros      cuadrados.
    Él ya lo había leído pues era una regla o norma inamovible que nadie lo hiciera antes que él. Después, sí, cualquiera de nosotros podía tomarlo para leerlo y de ahí me viene a mí la afición por las películas y series de investigación pues siempre leía los sucesos. Hubo un tiempo en que se publicaban casos acaecidos ciertamente con sus investigaciones pertinentes; no me perdía palabra.  Días después sus páginas eran dedicadas a otros usos también. No se tiraba tanto como ahora, desde luego. Se guardaban los papeles,  trapos, botes, botellas…todo se revendía o se obtenía algo a cambio de esos materiales.
    Con cuánto afán miraba yo la pugna del cambio de trapos por útiles de loza, pongo como ejemplo pues, así mismo, se hacía con las demás materias aunque para algunas había que ir a las “chamarilerías” hoy desaparecidas de nuestras ciudades y de seguro que ni los pequeños o jóvenes saben nada de esas tiendas.
Pues…volviendo al primer asunto he de decir que las novedades que nos narraba eran incluso anteriores a la publicación del periódico, por la ocupación que tenía que no le daba gran remuneración pero que lo mantenían al tanto de la actualidad  madrileña de aquella época.
    Su trabajo consistía en…pues no sé cómo decirlo, en realidad creo que nunca lo supimos, al menos los más pequeños pero si no lo conocía de nombre sí por experiencia.
    Algunas tardes iba con mi madre al centro donde se ubicaba el lugar de trabajo de mi padre, Frontón Madrid, aún hoy sin albelgar otro uso -vacío y olvidado permanece en la calle Doctor Cortezo-  y, de extranjis, nos dejaban colarnos por la puerta de atrás; los asistentes al espectáculo lo hacían por la principal y ocupábamos asientos en algún palco que estuviera libre.
    Sentadas cómodamente observábamos el partido de ese momento. Jugaban hombres y mujeres, por supuesto en diferentes encuentros aunque yo solo recuerdo  los de mujeres, quizá por las muchas veces que le escuchábamos a nuestra madre, celosa,  que le veía el culo a las pelotaris, y era cierto; ante cualquier contratiempo o error del juego se subían las faldas.  
    Había todo tipo de personas, hoy personajes, casi hombres en su totalidad.  Los había pudientes y pobres, aunque aparentando que no lo eran pero, cierto es, que al marcharse a veces se habían intercambiado los papeles: ricos que salían pobres y viceversa. Mi padre y otros trabajadores cantaban las apuestas y carecían de sueldo, solo recibían propinas más o menos suculentas, más de éstas, de los ganadores.
    Allí había todo tipo de conversaciones entre partido y partido y hablaban con bastante libertad de asuntos serios, anécdotas o chascarrillos con los que después, al contarlos mi padre mientras comíamos nos hacían divertidos los encuentros familiares de todos en torno a la mesa, eso sí, la conversación terminaba de modo tajante ante la música que anunciaba: “Diario Hablado de Radio Nacional de España” Ya solo se oía el sonar de la cuchara o tenedor o algún chupetón del pan pues nos tenía que durar una rebanada toda la comida, sobre todo cuando había en el plato un huevo: chupad el pan, decía siempre mi madre. Siempre. (Aquí me he parado pues me ha embargado la emoción, por esta vez si estoy narrando palabras veraces) 
    Bien, prosigo. Antes de entrar en el recinto mi madre y yo merendábamos en una chocolatería de la plaza del Progreso, creo que se llamaba “La flor y Nata” pero bien puede ser que tenga confusos mis recuerdos, lo cierto…ah, ya me vino, se llamaba “La Madrileña” y lo que recuerdo a la perfección era que ya sabían que la cuenta quedaba al cargo de mi padre, pues ya nos conocían.

    Mi padre no era un buscavidas de modo que mi madre comenzó a trabajar en una oficina, pues había preparado máquina y taquigrafía, que ya era avanzado en aquellos tiempos.
    Más adelante pasó a trabajar en el Ministerio de Industria que, a la sazón, estaba en la calle Serrano. Pasó el tiempo y tuvo que presentarse, por ley, a opositar para ser administrativa. Tenía cuarenta y pocos años, y sacó plaza sin dificultad.
    A mí y a mi hermano, los menores, nos tuvo con treinta y dos años, y ya teníamos al nacer tres hermanos y una hermana, la mayor de todos.
    Mi padre a su vez entró a trabajar en la oficina que dejó mi madre donde ya trabajaba también mi hermana. Él no hacía trabajo de oficinista sino que llevaba y cobraba las revistas a los abonados, que se editaban en esa oficina, redacción de hecho,  de un ingeniero, D. Andrés, que no sé cómo mi   madre lo había conocido. Minería y Metalurgia, era su título.
    Mi padre, Luis, así se llamaba, continuó con sus trabajos hasta su jubilación y como los sueldos eran “desaparecidos en el combate de la vida” así fue su paga de jubilación. Nunca tuvo ambiciones pero fue un triunfador porque nos quería muchísimo y nosotros a él.
    Mi madre trabajó hasta los setenta años para poder percibir pensión completa. Estuvo muy considerada por sus jefes pues era muy dispuesta y una excelente taquimecanógrafa. Como ellos lo sabían era la más solicitada, o sea, la que llevaba la carga de ese despacho pues, como sabréis, entonces todo se dictaba y se tomaba en taquigrafía para luego pasarlo a máquina.
    ¿Por qué menciono a mi madre? Porque es justo, ella fue el timón de la casa.
    Ambos, que habían nacido en el mismo año, murieron también en el mismo, a los noventa y dos años.
    Los trajimos a Alcalá y mi padre aguantó tres semanas fuera de Madrid. Mi madre tres meses más tarde. Esa es mi pena. Toda su vida en Madrid y los  traje a Alcalá para morir.
    No pretendía hablar de nuestra vida, pero ya sabéis que escribo lo que me sale sin pensar los derroteros que tomará mi escrito.                                                                 17  Nov.  2016
                                                                                                                                    










  
 




  






Sentadas comodamente observábamos el partido de ese momento. Jugabn hombres y mujeres, por supuesto en diferentes encuentros aunque yo slolo recuerdo a los de mujeres, q

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