Mi Padre Tiempos de Antes
Mi padre,
persona singular, sin lugar a dudas. Desde que mi memoria me alcanza siempre lo
recuerdo trayendo a colación, a la hora de comer, alguna chanza. Siempre tenía
anécdotas que contarnos. Mientras todos reunidos alrededor de la mesa ovalada,
comíamos, escuchábamos sus novedades pues raro era el día que no nos relataba
alguna y estábamos atentos a su divertida conversación.
Su diario
era el desaparecido MADRID del que fue fiel comprador hasta la desaparición de
éste. Fue como si algo se nos hubiera requisado sin piedad, tan habituados
estábamos a su presencia en el cuarto de estar o en el comedor -entonces no éramos
tan finos como para decir salón a piezas
de no más de catorce o dieciocho metros cuadrados.
Él ya lo
había leído pues era una regla o norma inamovible que nadie lo hiciera antes
que él. Después, sí, cualquiera de nosotros podía tomarlo para leerlo y de ahí me viene a mí la afición por las películas y series de investigación pues siempre leía los sucesos. Hubo un tiempo en que se publicaban casos acaecidos ciertamente con sus investigaciones pertinentes; no me perdía palabra. Días
después sus páginas eran dedicadas a otros usos también. No se tiraba tanto
como ahora, desde luego. Se guardaban los papeles, trapos, botes, botellas…todo se revendía o se
obtenía algo a cambio de esos materiales.
Con cuánto
afán miraba yo la pugna del cambio de trapos por útiles de loza, pongo como
ejemplo pues, así mismo, se hacía con las demás materias aunque para algunas
había que ir a las “chamarilerías” hoy desaparecidas de nuestras ciudades y de
seguro que ni los pequeños o jóvenes saben nada de esas tiendas.
Pues…volviendo al primer asunto he de decir que las
novedades que nos narraba eran incluso anteriores a la publicación del
periódico, por la ocupación que tenía que no le daba gran remuneración pero que
lo mantenían al tanto de la actualidad madrileña de aquella época.
Su trabajo
consistía en…pues no sé cómo decirlo, en realidad creo que nunca lo supimos, al
menos los más pequeños pero si no lo conocía de nombre sí por experiencia.
Algunas
tardes iba con mi madre al centro donde se ubicaba el lugar de trabajo de mi
padre, Frontón Madrid, aún hoy sin albelgar otro uso -vacío y olvidado permanece en la calle Doctor Cortezo- y, de extranjis, nos dejaban colarnos por la puerta de atrás; los
asistentes al espectáculo lo hacían por la principal y ocupábamos asientos en
algún palco que estuviera libre.
Sentadas cómodamente
observábamos el partido de ese momento. Jugaban hombres y mujeres, por supuesto
en diferentes encuentros aunque yo solo recuerdo los de mujeres, quizá por
las muchas veces que le escuchábamos a nuestra madre, celosa, que le veía el culo a las pelotaris, y era
cierto; ante cualquier contratiempo o error del juego se subían las faldas.
Había todo
tipo de personas, hoy personajes, casi hombres en su totalidad. Los había pudientes y pobres, aunque
aparentando que no lo eran pero, cierto es, que al marcharse a veces se habían
intercambiado los papeles: ricos que salían pobres y viceversa. Mi padre y
otros trabajadores cantaban las apuestas y carecían de sueldo, solo recibían
propinas más o menos suculentas, más de éstas, de los ganadores.
Allí había
todo tipo de conversaciones entre partido y partido y hablaban con bastante
libertad de asuntos serios, anécdotas o chascarrillos con los que después, al
contarlos mi padre mientras comíamos nos hacían divertidos los encuentros familiares de
todos en torno a la mesa, eso sí, la conversación terminaba de modo tajante
ante la música que anunciaba: “Diario Hablado de Radio Nacional de España” Ya solo
se oía el sonar de la cuchara o tenedor o algún chupetón del pan pues nos tenía
que durar una rebanada toda la comida, sobre todo cuando había en el plato un
huevo: chupad el pan, decía siempre mi madre. Siempre. (Aquí me he parado pues
me ha embargado la emoción, por esta vez si estoy narrando palabras veraces)
Bien,
prosigo. Antes de entrar en el recinto mi madre y yo merendábamos en una
chocolatería de la plaza del Progreso, creo que se llamaba “La flor y Nata”
pero bien puede ser que tenga confusos mis recuerdos, lo cierto…ah, ya me vino,
se llamaba “La Madrileña ”
y lo que recuerdo a la perfección era que ya sabían que la cuenta quedaba al
cargo de mi padre, pues ya nos conocían.
Mi padre no
era un buscavidas de modo que mi madre comenzó a trabajar en una oficina, pues
había preparado máquina y taquigrafía, que ya era avanzado en aquellos tiempos.
Más adelante
pasó a trabajar en el Ministerio de Industria que, a la sazón, estaba en la
calle Serrano. Pasó el tiempo y tuvo que presentarse, por ley, a opositar para
ser administrativa. Tenía cuarenta y pocos años, y sacó plaza sin dificultad.
A mí y a mi
hermano, los menores, nos tuvo con treinta y dos años, y ya teníamos al nacer
tres hermanos y una hermana, la mayor de todos.
Mi padre a
su vez entró a trabajar en la oficina que dejó mi madre donde ya trabajaba
también mi hermana. Él no hacía trabajo de oficinista sino que llevaba y
cobraba las revistas a los abonados, que se editaban en esa oficina, redacción
de hecho, de un ingeniero, D. Andrés,
que no sé cómo mi madre lo había conocido. Minería y Metalurgia,
era su título.
Mi padre,
Luis, así se llamaba, continuó con sus trabajos hasta su jubilación y como los
sueldos eran “desaparecidos en el combate de la vida” así fue su paga de jubilación.
Nunca tuvo ambiciones pero fue un triunfador porque nos quería muchísimo y
nosotros a él.
Mi madre
trabajó hasta los setenta años para poder percibir pensión completa. Estuvo muy
considerada por sus jefes pues era muy dispuesta y una excelente taquimecanógrafa.
Como ellos lo sabían era la más solicitada, o sea, la que llevaba la carga de
ese despacho pues, como sabréis, entonces todo se dictaba y se tomaba en
taquigrafía para luego pasarlo a máquina.
¿Por qué
menciono a mi madre? Porque es justo, ella fue el timón de la casa.
Ambos, que
habían nacido en el mismo año, murieron también en el mismo, a los noventa y
dos años.
Los trajimos
a Alcalá y mi padre aguantó tres semanas fuera de Madrid. Mi madre tres meses
más tarde. Esa es mi pena. Toda su vida en Madrid y los traje a Alcalá para morir.
No pretendía
hablar de nuestra vida, pero ya sabéis que escribo lo que me sale sin pensar
los derroteros que tomará mi escrito. 17
Nov. 2016

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