De Periodistas y Paraguas
Era tarde y
la lluvia hacía su tímida aparición mientras Héctor, ultimaba los asuntos del
día en el ordenador, para que todo quedara a punto para comenzar el trabajo a
la mañana siguiente, mas, cuando salió a la calle desde el aparcamiento,
conduciendo el coche, ya la lluvia arreciaba hasta el punto de que el
parabrisas apenas dejaba verter el agua que lo anegaba. Paró ante el rojo del
semáforo y, entonces, vio a una mujer parada, sin iniciar el paso a la acera
opuesta; no tenía paraguas y se estaba calando evidentemente, por eso la miró
con más atención. El semáforo le dio paso pero él no arrancó porque le
extrañaba la actitud de esa mujer.
Abrió la
ventanilla y le gritó: Señora, ¿le pasa algo? ¿Puedo ayudarla? Llevo un
paraguas, puedo prestárselo si quiere…y, cogiéndolo de la parte posterior del
coche, se lo mostró a ella que seguía imperturbable mientras el agua le resbalaba
por la cara y la ropa.
Héctor se
apeó y se le acercó hablándole: Señora, tome el paraguas, por favor, me da no
sé qué verla a Ud. así, a mí no me hace falta, ohhh, mejor, si quiere la puedo
llevar a su casa, está empapada y puede enfriarse.
Fue entonces
cuando ella al fin reaccionó y mirándolo, le dijo: acabo de matar a mi marido.
Héctor quedó
en suspenso. ¿Era eso posible? –se decía mentalmente. Tal vez era una persona
trastornada. Entró en el coche decidido a llamar al 091 y así lo hizo. Esperó
la llegada de la policía que pronto se anunció con la sirena del coche.
La mujer no
se movió y él pudo ver, desde el interior del coche, como hablaban con ella
aunque, no escuchaba sus palabras. Entonces uno de los policías se dirigió
hacia él quien, bajando la ventanilla se dispuso a atender el requerimiento del
agente.
Explicó lo
poco que sabía y, después, ya libre su atención del asunto, decidió continuar
hacia su casa. Era tarde y su familia lo esperaba para cenar.
Ya, solo en
la alcoba con su mujer, le contó lo sucedido y, puesto que el cansancio lo
empezaba a dominar la besó, bueno, se besaron, y se acurrucaron dispuestos a
dormir, cosa que no les llevó mucho tiempo; ambos tenían que madrugar al día
siguiente.
Martina
llegó a la redacción temprano y al momento Lucas le informó que diera salida al
suceso de la noche anterior, una mujer había matado a su marido en la calle
Luna y quería que ella cubriera el caso.
Martina se
personó en dicho lugar donde ya no quedaba nadie, a excepción de unos vecinos
curiosos.
¿Qué iba a
escribir? –Pensaba. Ya los demás diarios se les habían adelantado. Fue a la
comisaría donde no obtuvo información relevante y desde allí se acercó al
depósito con similar resultado. No tenía nada. Un vez más el jefe le iba a dar
una reprimenda. Se sentó ante su escritorio y de pronto recordó. ¡Pero qué
pedazo de tonta! Si lo tenía fácil; una información única que los colegas
desconocían y, prontamente, comenzó a escribir su artículo.
El jefe de
redacción quedó satisfecho de su trabajo por una vez y, dirigiéndose a ella le
dijo: bien Martina, a ver si sigues así, y se fue.
El artículo
era realmente bueno porque ella no era avispada cazadora de noticias pero sí
una excelente redactora. Ese día podría decirle a Héctor que por fin la habían
felicitado. Tenía tanto temor de que la despidieran…estaba en prueba y cada día
temía por su no renovación en la plantilla.
Hay días qué
valían más que otros, no les cabía ninguna duda. El bebé dormido. La abuela en
su sillón disfrutando su serie de investigación y ellos, felices. Qué bella era
la vida y…la noche...
6 Nov.
2016

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