Marinero de Pesca
Salió
de pesca como cualquier día a la atardecida, era su trabajo, era el pan de cada
día.
La
noche iluminaba las aguas por el reflejo que recibían
y se quedó mirando los dibujos que en el
agua hacía la luna llena.
Llevaba años saliendo a la mar y no lo
observaba nunca,
excepto, para contemplar si había bandadas de
peces
bajo la barca, o en
las cercanías dónde echar las redes.
Años tras años, y más, y otro día. Se quedó
pensando…
Cuando
fue su primera vez…era un mozuelo apenas;
se lo llevó su abuelo y más tarde lo hizo su
padre.
Tiempo después se llevó a su hijo a faenar
las aguas, frías,
profundas. El
muchacho llevaba miedo, él lo observaba
pero se hizo fuerte, la situación mandaba;
suya sería la barca
pasando unos años,
cruel trabajo, cruel la vida.
Le
nacerían nietos que, si ésta aguantaba la heredarían
de lo contrario, tal
vez comprarían otra endeudándose,
ganaban apenas para la subsistencia diaria.
No le
gustaba lo que estaba pensando, no era vida para su nieto.
Para
su Miguelillo quería otra cosa. No la mar esclava, la mar bravía.
Catorce veces había sobrevivido cuando se veía
ya muerto
en las aguas temibles, oscuras, profundas, . No
eran malas, no.
Ellas
a lo suyo, eran los hombres quienes las invadían
con decisión y sin discernir si bueno era o
malo,
solo sabían de ganarse la vida, no pensaban,
surcaban el mar
cual los labradores
hacían con la tierra, siempre buscando el jornal.
Mariano ese día, estaba tan distraído…de un
banco de sardinas no se apercibió
y lo dejó pasar a pesar del aviso de Antonio que se lo advirtió por telefonía.
Lo veía raro, lo
creyó enfermo y ya, preocupado de él, no buscaba distancia
sino cercanía, su amigo, había de protegerlo,
los pescadores así lo hacían.
Mariano, pasmado en la borda miraba el agua,
ni se movía.
Se había metido tan dentro de él que no había
barca, ni peces, ni agua,
solo la luna que
relucía. Miró a lo alto. La primera vez que la contemplaba
después de tantos años;
le parecía que había salido esa noche por vez primera
y, extasiado, permanecía
quieto, casi soñando que la veía mientras la miraba, muy fijo.
Bajó la mirada al agua al rato, largo, muy
largo. Qué bellos destellos había en ella.
Esa noche al regresar no volvería con peces,
eso lo había hecho muchas veces.
Esa noche le pescaría un fulgor de esos tan
deslumbrantes a su mujer querida.
Tantos años juntos y nunca le había llevado
nada especial, tan buena, tan dulce…
Se
tiró al agua en su delirio. Capturó el resplandor más bello. A ella jamás le
llegó.
No hallaron su cuerpo. Todos lloraban. Miguelillo, nunca surcó las aguas.
***** 13 Marzo
2016

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