MENTIRAS
-Señora. Ayúdeme. Nada tengo para
comer, para mi hijo. Míralo.
Mira sus ojos tristes, su semblante
famélico, su extraño desconcierto...
- Dime señora ¿por qué él no tiene lo
que tus nietos tienen? ¿Por qué no tengo lo que tus hijas tienen? Yo no quiero
pedir, me duele tanto... quiero trabajo, eso quiero por favor. Déjame arreglar
tu casa para alimentar a mi hijo hoy y mañana... no sé lo que haré mañana, pero
hoy tu me puedes ayudar, por favor.
La mujer la escucha librando una
batalla consigo. Si hoy la ayuda mañana estará igual y ella no va a mantenerla.
Quiere alejarse y lo intenta, pero no puede. Sabe que al no ayudarla no tendrá
paz a lo largo del día. Por fin cede.
-Está bien. Sube a mi casa, te pagaré
dos horas de trabajo, pero no puedo todos los días.
-Gracias señora.
Tímidamente sube tras ella y ya en la
casa escucha los deseos de esa “generosa” señora. Los realiza con la mejor
diligencia que puede poner y a la hora de marcharse, la señora le paga lo
convenido y le da algunas viandas. También le regala una caja de pinturas para
el chiquillo. La madre muy joven, extranjera, débil, maltratada por las
circunstancias de la vida se marcha agradecida. ¿Podrá volver? –Piensa- y se
vuelve en el rellano para pedírselo. No llega a hacerlo, la señora sonriente le
dice: hasta el próximo martes y cierra la puerta. Los demás días ¿qué será de
ellos? –se pregunta- ¿Hallará otra casa?
Este pensamiento la persigue todo el
día. Puede hacer más y lo sabe y también sabe que no está dispuesta a hacerlo.
Participa en el grupo de la parroquia
donde en amistad cristiana, al menos eso se pretende, se profundiza en los
Evangelios, las palabras de Jesús. Opina como las demás. Sonríe como las demás.
Reza el Padrenuestro con las manos enlazadas con las demás. Se marcha hacia su
buena casa sabiéndose una mentirosa, como las demás.
28 oct. 2010

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