Recuerdo Angustioso
Aquella
noche no serían las cosas fáciles tal como el tiempo se presentaba. Amanecía un
día hermoso y todos madrugamos jubilosos. Aparentaba, eso sí, que la tarde sería
extraordinariamente bochornosa y que no se conformaría con apaciguarse sin más,
debería dar guerra y vaya si la dio.
Por la mañana salimos alborozados hacia el
campo sin rumbo fijo y así fue como nos adentramos por el bosque con el coche
hasta que los carteles nos prohibían avanzar más en él con las cuatro ruedas.
Cargamos con los pertrechos para pasar el día cargados de viandas, juegos, y
una gran dosis de alegría. Los primos unidos por primera vez en una excursión
familiar colectiva. No faltaba ningún hijo, ningún abuelo, ningún padre o madre;
abuelas sí, las tres que habían abandonado este mundo ingrato dejando un gran
vacío, pero, en cambio al toque de llamada nadie había rechazado su presencia y
desde diferentes puntos del país, diligentes habíamos acudido.
La idea
surgió del hermano menor, quién, ante la inminente marcha del país a tierras
lejanas por causa del trabajo tuvo la idea de juntarnos antes de su partida
pues su estancia lejos, prometía ser larga.
Llegamos a
una zona frondosa y bella que admiramos con deleite y dejando a cubierto los
víveres inalcanzables para las hormigas u otros insectos a continuación nos
dispusimos a mover el cuerpo dividiéndonos en grupos, según las preferencias de
cada cual, así fue como en no demasiados minutos unos jugaban tenis, otros
practicaban bicicletas, inseguros sobre ellas
pues eran aún pequeños, los abuelos hacían ejercicios de gimnasia
aprendidos en su centro y hasta sobre la mesa de campo se preparaba una tarta
de galletas para el postre de la comida casera en la que habían participado
casi todos cada cual con su ciencia y disposición para las recetas culinarias
aunque, las reinas de la comida fueron sin duda la tortilla y las croquetas, pero se dio buena cuenta de los rusos, los pimientos verdes fritos y los rojos
que se habían dejado asar sin quejido alguno. Más alimentos hubo, por supuesto,
pues en el campo nada es mucho y todo es delicioso.
Un tiempo
de tertulia mientras la tripa hacía su función y poco a poco vuelta a las
diferentes actividades. Mi mujer le dio al ganchillo al que está enganchada
haciendo labores magníficas que aprendió de su madre. Cuando saca la labor se
le ilumina la cara, yo lo advierto y me encanta porque en esos momentos…es
…todavía más bella.
Se hizo
tiempo y sitio para la merienda y disponiéndolo todo estábamos cuando sin
apenas aviso previo se escuchó un lejano trueno; bueno no parecía amenazante
pero en mitad de la tardía fiesta el cielo fue perdiendo los reflejos dorados
del sol que antes había lucido hermoso y se fue oscureciendo, tanto que
decidimos recoger aprisa para llegar a los coches alejados.
No pudimos llegar a tiempo. Cada cual cogía a los
niños que podía mientras cargaba con los enseres que llevaba consigo y, estalló una lluvia tan abundante y fuerte que se anegaron de agua los senderos, de tal suerte que ya no sabíamos dónde estaban y poco a poco nos fuimos
dispersando calados hasta los huesos.
Tras gran
esfuerzo nos congregamos junto al refugio de los coches y fue entonces cuando
echamos en falta a Jaime, mi pequeño, mi tesoro entre mis tres tesoros
predilecto, no por amarlo más, que más no puedo, sino por ser el más débil de
todos cuántos éramos.
El
desconcierto total y, dejando a los niños en los coches nos dispersamos en su
búsqueda mujeres, maridos y abuelos.
Pasamos
momentos angustiosos y nos reencontrábamos a ratos sin su encuentro. Entre la
oscuridad de la tormenta y la noche que empezaba a estar cayendo nuestra
angustia aumentaba y el pánico salió a nuestro encuentro. Ofuscados seguíamos
la búsqueda sin recompensa en nuestro esfuerzo.
Un coche de
un forestal llegó a los abuelos. Éstos lloraban como niños. Callaban como mudos y, por
fin, nos llamaron a voces y todos corriendo acudimos a su encuentro temiendo
también por ellos. Nuestra agonía había terminado porque con los forestales
venía mi pequeño. No puedo olvidar aquella tarde, ni tampoco quiero
porque…sufrimos tanto… pero qué emoción sentimos luego.
Aún lloro
al recordarlo. Aún tiemblo ante mis nietos y que los dejen a mi cargo… me da
miedo, Mucho miedo.
***** 18 Mayo 2015

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