Obsesión
Era bella como lo había sido su madre y
el mirarla le traspasaba el alma de dolor que se volvía más lacerante a medida
que ella se hacía mayor. Un día mirándola en el reflejo del cristal mientras se
arreglaba las uñas ajena a la observación de su padre, sintió un dolor punzante
y, esta vez, físico, que le cortaba la respiración. Ladeado, medio tendido en
el sillón se sentía morir, mientras ella, absorta en su tarea, permanecía
ignorante de la situación que se desarrollaba a su espalda. Un entrecortado
ronquido surgió de la garganta del padre el cual al fin cayó al suelo. Fue
entonces cuando ella se volvió alarmada y, al verlo tendido en la alfombra acudió
presurosa a su lado. -¡Padre!- exclamó angustiada y, postrada en el suelo junto
a él le palpaba el cuello en busca de su latido vital al tiempo que gritaba
pidiendo ayuda.
Cuando llegaron los servicios del
SAMUR en una desesperada batalla contra la muerte lograron mantenerlo
estable lo suficiente para trasladarlo al hospital donde, afortunadamente,
pudieron darle el tratamiento adecuado para que después de la delicada
operación a la que le sometieron, el hombre “renaciera a la vida” según le decía
un cirujano a la joven horas después.
Ella no se separó de su lado en ningún
momento una vez que fue llevado a la habitación. Cuando el enfermo abrió los
ojos y giró levemente la cabeza vio a la que en ese momento creyó ser su mujer
y le hablaba con voz apenas audible y con la angustia reflejada en el rostro.
La hija escuchó paciente el susurro de su padre muy cerca de él y se dejó
llamar Laura, y se dejó querer por el que pensaba ser su marido, y le
correspondió cómo si su apasionada esposa fuera meciendo sus grises cabellos y
apretando su mano en la suya infundiéndole ánimo, prestándole parte de su
fortaleza a pesar de que sentía que a ella le estaba faltando; se ahogaba y
necesitó apartarse de él por un momento para respirar.
Pasó a su lado largas horas hasta que
estuvo lo suficientemente bien como para levantarse y recorrer los pasillos en
espera del alta que lo devolviera al confort de su casa.
Esperó inútilmente la aparición de su
hija a la mesa ese primer día en el ansiado hogar y siguió esperando hasta que
se convenció de que no volvería más. En lo sucesivo su compañía fue su
mayordomo y su perro.
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