El Hombre Enigma
Tenía algo de misterioso, pero no era eso
lo que en él más llamaba la atención, sino la rudeza de su semblante.
Había en su mirada un gesto desafiante,
feroz yo diría, si es que posar en la suya mi mirada me atrevía. Caminé a su
lado sin saber el porqué, pues me inducía miedo, pero a la vez me sentía
atraída por él.
Después de un largo trayecto arribamos al
final de una colina y al pararse de pronto yo lo hice también, aunque me quedé
algo rezagada. La altura no era mucha pero desconfiaba de permanecer junto a él
al borde del desnivel del terreno, suficiente para hacerme rodar con peligro de
mi vida en caso de que quisiera arrojarme por la cortada. Miró a ambos lados y
prosiguió su camino por un declive suave del terreno. Tuve la intuición de que
no le era desconocido el lugar pero le seguí sin preguntarle nada. Yo sí me hice
una pregunta ¿Por qué le seguía? Él no me lo había pedido ni tampoco denegó mi
compañía aunque yo sabía que no deseaba mi presencia o mi persecución. Era un
enigma para mí que deseaba desentrañar.
Tocó a una puerta desvencijada y esperó
algunos minutos. Yo no escuché nada. Me mantenía a una distancia prudente y al
rato la puerta se abrió dándole paso. No tuve tiempo de traspasarla. Al
acercarme ésta se cerró de golpe.
Intenté mirar al interior inútilmente,
pues la única ventana que había permanecía cerrada y con tablas clavadas.
Nunca supe lo que ocurriría dentro, pero
esperé horas y la puerta no volvió a abrirse. Al fin me fui. El recuerdo de esa
casa me obsesiona y me produce pesadillas. Veo al hombre sobre el suelo,
tendido, muerto. Más tarde, cuando al fin lo veo sonreír, despierto. Y
despierta sigo incansable soñando con él.
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