Bajar de la Cumbre
...y en habiéndolo pensado
mucho llegó a la conclusión de que esa había sido una elección equivocada así
que había de calibrar las consecuencias que le podría reportar en un futuro muy
cercano; por tanto, tenía que encontrar una solución rápida y efectiva para que
tal equívoco no le perjudicara en su trabajo ¿Lo conseguiría?
Desde muy pequeño tuvo una
desmedida afición por las matemáticas. Le encantaba resolver las operaciones
aritméticas y, los sencillos problemas de iniciación que a otros niños les
costaba comprender, a él le resultaban tan fáciles como realizar una suma de
dos más dos. En casa después de terminar sin esfuerzo sus tareas escolares, le
entretenía que su madre le planteara: que si tenía tantos caramelos y daba
tantos y otros se comía..., cuántos le quedaban o, si en un corral las gallinas ponían tantos huevos y en la cesta
se rompían la tercera parte, cuántos llevaban a la despensa... o, lo que le
sobraba si tenía tanto y se gastaba cuánto...etc. hasta que su madre con sus
ideas al límite le anunciaba el tiempo de la ducha y la consiguiente cena con
el nerviosismo de los entrenadores cuando ganaban por un gol y sólo ansiaban el
pitido que daba el partido por concluído ante el temor de que el equipo
contrario lo pudiera empatar en los últimos segundos.
Más adelante su trayectoria
estuvo marcada por el mismo afán al enfrentarse a los cálculos matemáticos que
conforme más complicados se hacían más se embebía en su resolución y, al llegar
a la etapa del álgebra ya todo el mundo sabía sin ningún género de dudas que
Rafael sería una eminencia en la materia así que todos se tomaron con mucha
naturalidad que se decantara por las Ciencias Económicas. Terminó la “carrera”
con “Matrícula de Honor” y la concesión de una Beca para realizar un Master en
Estados Unidos, que, ni qué decir tiene, superó quedando entre los primeros
alumnos
en una de las primeras
universidades del país, por supuesto.
Como le ofrecieron un puesto
de trabajo en una prestigiosa Multinacional norteamericana decidió no regresar
a España por el momento, para desconsuelo de su madre que tanto había trabajado
para darle a su querido y único hijo una buena educación ya que ella como
tantas y tantas mujeres no la pudo tener, y hombres también, no nos vamos a
engañar.
Su padre había abandonado a
su madre antes de que él naciera y, el mundo, definitivamente no mucho tiempo
después, -seguramente contento pues ahogaba las penas en alcohol día sí, día
también, así que no le quedaba ni una sola para lamentarse- cosa que pasó
bastante desapercibida para los pocos conocidos que tenía pues para lo que
servía tal persona... fue el comentario más repetido y por muy poquitas horas.
Sin embargo, Paqui lloró su pérdida para asombro de sus seres cercanos que no se
lo explicaban pues ya lo tenía más perdido que el barco del arroz ese, pero es
que entonces las mujeres se casaban para toda la vida y aunque sufrió del mal
de “ahí te quedas” ella siguió sintiéndose su mujer hasta el final. ¡Qué
fidelidad magnífica la de la mujer enamorada! Ese sentir prevalece todavía en
nuestra sociedad a pesar de que haya parejas que no eleven el compromiso hasta
la altura que el amor merece, pero bueno, este es otro tema del que os puedo
contar bastante en otra ocasión pues de eso yo sé mucho, pero mucho, muchísimo;
me he casado tres veces... y cada marido de diferente carácter; con eso todo está
dicho.
A los catorce años volvió para
visitar a su madre. Sí. Lo han entendido bien.
Catorce años esperó Paqui para volver a ver a su hijo del alma, y el alma que tuvo éste de dejar pasar tanto tiempo, pero claro, es que encumbrarse en lo más alto de las finanzas por muy inteligente que se sea lleva su tiempo. Paqui lo comprendía, mientras iba languideciendo en la soledad de su nueva casa, que eso sí, le había costeado su hijo tres años antes. Hasta entonces ella había seguido faenando en casas ajenas ganándose el sustento como cualquier hija de vecino más bien pobre; por eso el día que llamaron a su puerta y con desconfianza la abrió interponiendo la cadena, no reconoció al pronto a ese hombre que con aspecto distinguido, buen porte y mejores ropas le sonreía tímidamente desde el rellano -le remordía la conciencia, sin duda- y, le decía con voz temblorosa que si podía pasar. Paqui ya le estaba diciendo que no quería comprar nada cuando él echándole coraje le dijo: mamá, soy yo. Tu hijo. Ábreme. Paqui no atinaba a desencadenar el artilugio protector a causa del temblor que le acometió por la emoción y también como consecuencia de las lágrimas que impertinentes se le metían en los ojos. Al fin consiguió abrir y casi paralizada ante él no se atrevía a tocarle. Por fin fue Rafael quien la acogió en sus brazos sin poder contener la emoción y en medio del umbral ambas emociones se fundieron durante un período incontable, porque si hay algo difícil de contar esto es de lo más notable.
Catorce años esperó Paqui para volver a ver a su hijo del alma, y el alma que tuvo éste de dejar pasar tanto tiempo, pero claro, es que encumbrarse en lo más alto de las finanzas por muy inteligente que se sea lleva su tiempo. Paqui lo comprendía, mientras iba languideciendo en la soledad de su nueva casa, que eso sí, le había costeado su hijo tres años antes. Hasta entonces ella había seguido faenando en casas ajenas ganándose el sustento como cualquier hija de vecino más bien pobre; por eso el día que llamaron a su puerta y con desconfianza la abrió interponiendo la cadena, no reconoció al pronto a ese hombre que con aspecto distinguido, buen porte y mejores ropas le sonreía tímidamente desde el rellano -le remordía la conciencia, sin duda- y, le decía con voz temblorosa que si podía pasar. Paqui ya le estaba diciendo que no quería comprar nada cuando él echándole coraje le dijo: mamá, soy yo. Tu hijo. Ábreme. Paqui no atinaba a desencadenar el artilugio protector a causa del temblor que le acometió por la emoción y también como consecuencia de las lágrimas que impertinentes se le metían en los ojos. Al fin consiguió abrir y casi paralizada ante él no se atrevía a tocarle. Por fin fue Rafael quien la acogió en sus brazos sin poder contener la emoción y en medio del umbral ambas emociones se fundieron durante un período incontable, porque si hay algo difícil de contar esto es de lo más notable.
De
veras que el hijo en ese momento grandioso había bajado de su pedestal para
ponerse a la altura de su madre. Ella sí que estaba en lo más alto y él la
había apartado de sí en un incomprensible comportamiento. Todo esto pasaba por
su mente mientras permanecían fusionados como lo hicieran tantas veces en
tantos abrazos lejanos, para él, que ella los evocaba cada noche y en su
recuerdo permanecía hasta que el sueño la acogía.
Le contó muchas cosas,
sencillas, como lo era su vida, con una entrega y alegría recobrada como si le
hubiera visto la víspera. Ni un reproche. Así son las madres. Hasta el fin sus
hijos les duelen y los aman. Hasta el final.
Luego fue el hijo quien
empezó a hablar; primero con titubeos, después poco a poco fue sintiéndose
cómodo y ya no paraba de relatar cosas. Era como un torrente desbordado que
alocado salía de su pequeño cauce saltando juguetón entre las piedras. A veces
paraba pensando que tal vez su madre no entendería su lenguaje, el de sus asuntos
cotidianos, pero la expresión de ella le invitaba a seguir. Qué importancia
tenían los términos empleados, ella sólo quería escuchar su voz, así en
directo, llegándole al corazón antes que a los oídos y sin un aparato entre las
manos al que se aferraba cuando hablaban por teléfono a veces. En esas
distantes conversaciones Paqui siempre tenía la sensación de que la estaban
timando. Ese chisme era un fraude. Una broma macabra de los muchos adelantos
que la técnica utilizaba para hacerla sufrir y, al mismo tiempo, lo miraba cada
día esperando que de él le llegara la llamada ansiada del hijo. Pero ahora
estaba frente a ella contándole cosas de la vida que llevaba allí lejos y la
parecía que estaba con él en esa hermosa casa con un jardín lleno de flores y arbustos.
Hasta un pequeño estanque en el que crecían nenúfares a cuyo amparo estaban los
peces de colores con sus escamas brillantes que los rayos del sol transformaban
en perlas y ella se asomaba e imaginaba la cara del hijo reflejándose en el
agua y metiendo la mano en ella la salpicaba mojándole el vestido y
reprochándoselo entre risas.
Transcurrieron muchos minutos
en los que ella veces asentía y otras permanecía con los ojos fijos en él como
temiendo que si separaba la vista de su cara la visión fuera a desaparecer.
Pero no. Estaba junto a ella en el flamante sofá frente a un nuevo y buen
aparato de televisión que permanecía silencioso y opaco. Ese día era totalmente
innecesario. Ese día la realidad se imponía ante cualquier otro entretenimiento
que de su caja emitiera.
Más tarde mientras degustaban
una temprana y exquisita cena –saborear la tortilla de su madre, ¡qué deleite!-
Paqui le explicaba que ella se había sacado el Graduado Escolar, que le había
costado mucho pero que al fin lo consiguió y un tanto ruborosa le decía que
estaba aprendiendo Informática, que se compraría un ordenador cuando supiera un
poco más y que también la ayudaba mucho Mariano, un compañero muy simpático del
Centro de Mayores.
Pasaron varios días en los que cada vez
hablaban menos pues las novedades dejaron de serlo y Rafael empezó a salir de
casa solo para recordar sus tiempos de estudiante y por ver si encontraba a
algún viejo compañero hasta que cayó en la cuenta de que no había tenido
amigos; los estudios habían sido prioritarios para él de modo que, a quién iba
a visitar; ninguno de aquellos tiempos pasados se habría enterado de su vuelta
siquiera así que empezó a fijarse en los muros remozados de muchos edificios y
en las calles más limpias de como antes las recordara por las que transitaban
grupos de turistas.
Más tarde supo que su ciudad
era desde hacía años “Patrimonio de la Humanidad ” y sintió vergüenza de no haberse
enterado y también orgullo por haber nacido en tal lugar. Entonces sintió el
deseo de saber más cosas de los acontecimientos ocurridos en
su ausencia y acudió a la
Biblioteca a leer periódicos atrasados y estando en ella una
mañana alguien le llamó por su nombre aunque al principio no hacía caso pues no
reparaba en que se dirigía a él esa mujer que le pareció atractiva cuando la
miró extrañado de que se le acercara con esa amplia sonrisa y esos ojos que le
iluminaban la cara toda.
... yo estaba coladita por ti
–le decía en ese momento-, pero tú nunca te fijaste en mi y mira que me hacía
la encontradiza constantemente, pero ni te inmutabas. Elegí la misma
licenciatura que tú a pesar de que lo mío eran las letras, pero nada, todo fue
inútil y cuando te fuiste... no veas cuánto lloré, como una tonta, pero tonta,
tonta, hasta hartarse, como me decía mi madre. Después de un tiempo tuve que
aceptar que no éramos el uno para el otro y una mañana frente al espejo
mientras me ponía el rímel me quedé mirando fijamente mi imagen y me dije: se
acabó. Y se acabó. Ahora tengo dos hijos, trastos como ellos solos, pero son mi
vida, bueno, y mi marido también. Bueno. Me voy que tengo que atender a los
niños. Que te vaya bien. Hasta luego. Y desapareció de la vista de Rafael tan
de repente como había aparecido.
Después de ese día todo
parecía diferente de nuevo. Paqui se daba cuenta de que otra vez se alejaría y
de que no sabía cómo decírselo así que fue ella quien lo citó como una ocurrencia
repentina durante la comida.
-Hijo... que digo yo que se
te acabarán las vacaciones pronto ¿ No? Por el tiempo que llevas aquí....
Rafael la miró y bajó la
mirada sin responder así que ella no insistió pero más tarde mientras tomaban
café en la salita el hijo comenzó a hablar y por los titubeos su madre supo que
la despedida no estaba lejana, no obstante le miró animosa invitándole a seguir
como si no la importara demasiado lo que había de escuchar, pero la importó. ¡Vaya
si la importó! Que le gustaría llevarla con él pero que no era el momento, tal
vez más adelante... Tenía cosas importantes que hacer y no podría atenderla
como se merecía... En fin, que se temía que tardaría bastante tiempo en volver
a por ella. Que no se preocupara que él iba a estar bien. ¡Madre! ¡Madre! –
dijo de pronto-, abrazándose a ella con la misma efusión de su primer encuentro
pero en este abrazo ella sintió una zozobra desconocida que la estremeció el
alma.
Miraba las nubes que
presagiaban una no muy buena travesía mientras pensaba en cómo habría sido su
vida con...¿Cómo dijo que se llamaba? !Ah!
Sí. Julia. Hasta luego, le había dicho al despedirse como si se vieran
habitualmente. Tal vez esos niños podrían ser suyos y tal vez ella fuera tan
feliz con él como parecía serlo con su marido. ¿Cuánto se había perdido? Acaso
no había apreciado lo que era vivir de verdad. ¿Qué tenía? Bienes materiales,
ese era su logro y estaban a punto de deslizarse de entre sus dedos como la
arena de la playa. Cerró los ojos y le fue dominando una ligera somnolencia que más parecía letargo.
No quería que ese avión aterrizara nunca. Nunca. Y con ese pensamiento se
adormeció...
***
Por el momento no tendría que
dejar el puesto de trabajo que a la sazón realizaba y decidió aceptar la nueva
oferta después de haber atendido a la flamante ejecutiva en visitas posteriores
las cuales, dicho sea de paso, fueron tornándose de carácter más íntimo, de tal
modo que su vida se complicó en el aspecto laboral y en el sentimental pero,
como todos los engaños bien urdidos dan su fruto, Rafael no se percató de que
estaba siendo engañado hasta que por fin lo comprendió y, por más que intentó
hallar una salida al laberinto en que se había metido no logró solución alguna
para evitar la tormenta que se le venía encima.
Al cabo de unos meses recibió
la visita, menos atrayente esta vez, de los inspectores del Fisco. Delito
fraudulento de impuestos y blanqueo de capital proveniente de la mafia, no sé
de cual, tanto da, todas son perversas. Tienen víctimas de toda índole y
nuestro hombre había caído en sus redes. Lo más duro de aceptar fue que había colaborado
con ellos y lo tendría que pagar.
Se celebró la vista y quedó
libre con una fianza a la que tendría que responder con todos los bienes que
poseía.
Aquel día en el que apareció
en su vida esa mujer había sido el principio de su desgracia pero lejos estaba
él de presagiar que esa visita precursora de un gran negocio y mayor prestigio
le iba a suponer más adelante una consecuencia funesta.
Aceptó llevar a cabo la
economía de esa próspera compañía con una gran proyección de futuro ampliando
mercados en otros países que ya estaban interesados en su proyecto. Él sería el
gestor de todas las operaciones en la
Bolsa y tendría libertad para elegir el campo de inversiones
que mejor le pareciera.
Como las gestiones a llevar a
cabo serían mediante los métodos actuales de conexión
que sabiéndose inteligente no
hubiera sospechado que le fueran a utilizar. Dana. ¿Le había ella ofuscado
tanto cómo para obnubilarle el cerebro? Esa idea le atormentaba impidiéndole
dormir. Se ahogaba en la cama y en la noche salía a pasear por la calle como un
poseso.
Perdió al poco su cargo de
ejecutivo tan pronto se supo su delito monetario y de poco le iba a servir su
alegación de inocencia basándose en haber sido una víctima más de los
corruptos. Había delinquido y lo tenía que afrontar.
En esta situación se
encontraba cuando sintió la imperiosa nostalgia de su madre. ¿Qué pensaría ella
cuándo supiera que su hijo iría a prisión? Pero más fuerte que esa angustia era
la necesidad de verla, tenerla en sus brazos; que ella le consolara como cuando
era pequeño.
Consiguió mediante una
influencia el permiso para visitar a su madre en España antes de que se
celebrara el juicio y, ahora, en el avión que le
llevaba de vuelta al país que lo había encumbrado, solo deseaba que ese
aterrizaje no se produjera nunca. Nunca. Repetía en un susurro apenas audible.
Abrió los ojos cuando escuchó
las órdenes de aterrizaje. Se sentía ebrio emocionalmente ante la cercana
comparecencia en el juicio contra su persona. Nadie acudió a recibirle. Era ya
un proscrito de la Ley
condenado por cuantos le conocían. El jurado tampoco tendría piedad.
***
Paqui, sentada en un
apartado lugar del salón del Centro de Mayores permanecía ajena a las lecturas
que se llevaban a cabo por los miembros del Taller Literario. Cualquiera que se
hubiera fijado en ella podría haber visto derramarse las lágrimas por sus mejillas.
... si alas tuviera no me
sentiría más libre...
Se escuchaba en ese momento.
Cerró los ojos al tiempo que sentía el calor de un abrazo. No pudo contenerse y
estalló en sollozos recostada su cabeza en el regazo de Mariano.
*****

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