Marinero
de Pesca
¡Marinero!. Llévame al mar que navegar
contigo quiero.
Las largas horas de ausencia no soporto encaramada en el
pórtico al final de mis faenas solo por verte regresar. Y al fin un barco llega
mas, tú no vienes, no es el tuyo, envuelto en los vaivenes de las olas hay
varios que parecen igual. Así una tarde sigue a otra. ¡Ay! Qué angustia callada
en mi corazón, escondida en mi pesar pues, transmitírtelo no quiero por no
hacer tuyo mi penar. Cuando al fin te abrazo y tu ansia también siento, me
rechazas pues no me quieres pringar. Así espero mientras extraes de tu barco
esos preciados peces alimento del hogar. Y la
pugna se me hace interminable.
A casa al fin. De tu ropa te despojas y la
ducha y ropa limpia te transforma. Ante mí te muestras sonriente y siento que
ya estoy en ese hermoso paraíso del que he oído hablar. No lo recuerdo muy
bien, era tan pequeña... –pienso- y te digo: Juan, tenemos que leer esa
historia del edén pues no la recuerdo apenas, cuando vayamos a Lugo me la
comprarás ¿verdad? La leeremos los dos junticos a la sombra del emparrado si es
verano o junto al hogar arrebujadicos para no sentir el frío en los meses
invernales. Me miras y nada dices, sonríes, eso sí, y me siento transportada a
una isla lejana y frondosa donde los dos estamos solos luego de naufragar. ¡No!
Aquí respiro hondo, pues entonces lo imagino; tu barco que no regresa y como
cada tarde es así mi angustia y ya la sabes, me envuelves con el cálido abrigo
de tus brazos y me dices: tontina, miedosa, eso no va a pasar. La mar no
siempre está enfadada aunque razones tiene pues se la trata muy mal.
Los
hijos llegaron -no había de ser con tanto amor-; pero, en cualquier caso
en mi pensamiento estás siempre presente y a la caída de la tarde, después de
la escuela, nos juntamos las mujeres de los barcos en la espera. Y mientras
charlamos, somos más que amigas, de la angustia compañeras.
Esa tarde casi todos a puerto; en los más
retrasados se adivina la tragedia en sus rostros doloridos por la pérdida. Los
servicios de rescate llegan y a la mar se adentran. Pasa el tiempo. No. Más
bien parado queda. Cuándo volverán Dios mío, me exclamo en mi silencio con los
críos abrazados a mis piernas; ya han aprendido a percibir que del mar lo bueno
y malo se espera. Lo maman del ambiente marinero, los hijos de pescadores
innato al crecer lo llevan. Y... ¿cómo se vive sin ti? ¿Cómo enterrar mi pena?
Porque por nuestros hijos he de continuar viviendo y no sé si tendré fuerzas.
Las recibía de ti y ahora...
Mirando el horizonte estoy, quieta,
callada, añorando tu recuerdo porque el mar no ha querido llevarte y en las
olas me envía su consuelo. En mi corazón estás por siempre amado mío.
La noche cayendo. Le doy la
mano a mi nieto y con paso cansado nos retiramos diciendo con cantarina voz a
dúo pues a él, inocente, le gusta: ¡“Llévame al mar marinero...”!

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