viernes, 1 de noviembre de 2013

Mudanza





MUDANZA



Amanece. Abro los ojos, cansada,
cual si en vez de descanso
hubiera afrontado una batalla en la noche.
Los pies al suelo y en el suelo mi mirada
abatida una vez más, sin de la paz el remanso
que balance el desencuentro que en mí se halla
haciéndome partícipe de su reproche.
Me levanto al fin; la sábana abandonada
a merced de los vaivenes del viento, manso,
que atraviesa suavemente de la ventana, su malla
protectora de improperios, de gente que trasnoche.
Más que andar me deslizo hacia la calle, perturbada,
por el temor a la fiera que no amanso,
cualquier intento a realizar, siempre me falla
sintiéndome depauperada cual fantoche.
A un lado y a otro atenta, la calle vigilada;
de mi propia defensa y precaución, me canso,
sin esperanza de vencer a tal canalla,
soy la diana y él el dardo que mi vida tronche.
Se llevarán las manos al rostro horrorizados
ante mi cadáver sobre mi sangre derramada,
sintiéndose ora culpables, ora piadosos
por el espanto ante de mi vida tal derroche.
Y partiré de este mundo sola, a la luz del sol
o en la nocturnidad cómplice que da la noche,
y me elevaré cual volutas de humo que se pierden
donde los ojos no vislumbran, ni los sentidos sienten.
Lo que será de mí, lo ignoro,
mas, a quien pueda implorar, imploro; 
no haya un hombre para mí cuyo amor se torne odio.


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