Confidencias
La niña y la
abuela sentadas en el poyete que hay junto a la entrada principal de la casa de
pueblo que ambas habitan charlan al caer la tarde, esa hora que mueve el
pensamiento y encoge el corazón.
¡Ay mi niña
querida, si yo pudiera contarte…! En mi lugar secreto lo he tenido guardado por
tantos años que casi apolillado permanece en mí y temo perderlos con mi muerte
y al mismo tiempo…contarlo y explicarte cómo fue…quisiera antes.
La abuela deja perderse su mirada sobre el
sol que aún deja divisar algo de su luz anaranjada anuncio de su huída hacia
otros lares,¿Cuales? A veces se pregunta la anciana que no lo es tanto por su
edad, como por sus atavíos la ven.
Niña, -le
dice- cuando te enamores no te fijes en sus ojos porque engañan, ni en sus
palabras que te dicen decires vacíos, ni en su boca que solo ansias tiene de
besarte, ni en su porte que no es reflejo de su alma.
La niña
escucha sus palabras que son casi un calco de las del día anterior y el otro y
aquel del primer día que de su amor le hablara, pero, atenta escucha porque
cada vez les da un matiz distinto a sus palabras y ella, a quién mejor puede
escuchar, más aún, a quién va a escuchar si la calle desierta se halla. Hace
tiempo que el pueblo está vacío de gente,
de saludos, de animales, de otras vidas.
Del pueblo
cercano les traen viandas una vez a la semana y si otra cosa precisan le dan a
Rufino la demanda y, éste cumple, ¡las
quiere tanto! ¡Cómo puede quererlas tanto! Ni lo sabe, pero espera impaciente
que se pase la semana.
Rufino medio
duerme, la mitad de la comida queda sobre la mesa. Su madre cada día más
preocupada y calla. Calla pues sabe que a su hijo no le gusta que lo azucen con
peticiones de su vida, declararlas. Siempre ha sido reservado desde niño; le
costaba decirle a su madre si en la escuela algo anormal le pasaba. La maestra
le decía si había alguna novedad. El niño avanzaba bien en su nivel, que no se
preocupara, simplemente…algo tímido pero, si casi todos lo somos de niños y ahí
la charla acababa.
Vueltas a
uno y otro lado de la cama, a la mañana a veces parece que la hubiera
compartido en juegos amorosos con su mujer, mas cómo no la tenía…y así su madre
hace cábalas y piensa en cuando su hijo se casaría. Sí era tiempo. Su padre más
joven que él era cuando su primer hijo
nació y aún cuando nació él que fue el segundo y así pensando, en sus tareas se le va
pasando la mañana.
Conduce su vieja furgoneta por la vieja carretera con
ligereza y con ansia; llegar antes de salir quisiera y a lo lejos ya con la
bocina les anuncia su llegada. Las mujeres salen con la sonrisa en sus caras y
lo acogen con un abrazo la abuela, con un "buenos días" la nieta más recatada.
Después de dejar los mandados a la sombra del emparrado se sientan a conversar
de las novedades pasadas y al fin…el momento de la marcha.
Ese día algo
hay que todo trastorna y cambia. La moza mientras se aparta hacia su coche, lo
llama. Él se vuelve a mirarla y ambos, inmóviles permanecen hasta que la abuela,
sabia y discreta se introduce en la casa.
¡Gala!
¡Gala! Repite Rufino con un gemido en su garganta. Ella calla y mira. A sus
ojos, no debe, ni a su boca, ni puede escuchar sus palabras mas, solo ha
repetido su nombre, ninguna palabra vana y en un impulso irresistible ambos se
acercan y abrazan.
Gala con
ropas negras se engalana ya para siempre indiferente a su hermosura, que la
tiene, y así se recluye en la casa con la nieta que la acompaña.
Han pasado
varios años, la niña ya es moza y a su abuela idolatra por eso no se ha ido del
pueblo cuando se fue despoblando porque su abuela mientras viva no dejará su
casa, la casa en la que fue feliz, en la que se consumó su amor, el que perdió
en la carretera traicionera y mala.
Y la abuela arrebujándose la toca le dice a
su nieta - anda vamos, que ya refresca aunque la noche está en calma- Mañana
terminaré de contarte la historia de mis amores, bueno de mi amor, que solo uno
nos bastara.
. 2 Marzo 2015
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