viernes, 18 de julio de 2014

Obsesión (Algo de prosa),


                                                                
                                                                  Obsesión
   

       Era bella como lo había sido su madre y al mirarla le traspasaba el alma de dolor que se volvía más lacerante a medida que ella se hacía mayor. Un día mirándola en el reflejo del cristal mientras se arreglaba las uñas ajena a la observación de su padre, sintió un dolor punzante y, esta vez, físico, que le cortaba la respiración. Ladeado, medio tendido en el sillón se sentía morir mientras ella, absorta en su tarea, permanecía ignorante de la situación que se desarrollaba a su espalda. Un entrecortado ronquido surgió de la garganta del padre el cual al fin cayó al suelo. Fue entonces cuando ella se volvió alarmada y, al verlo tendido en la alfombra acudió presurosa a su lado. -¡Padre!- exclamó angustiada y, postrada en el suelo junto a él le palpaba el cuello en busca de su latido vital al tiempo que gritaba pidiendo ayuda.
       Cuando llegaron los servicios del S.A.M.U.R en una desesperada batalla contra la muerte lograron mantenerlo estable lo suficiente para trasladarlo al hospital donde, afortunadamente, pudieron darle el tratamiento adecuado para que después de la delicada operación a la que le sometieron, el hombre “renaciera a la vida” según le decía un cirujano a la joven horas después.
       Ella no se separó de su lado en ningún momento una vez que fue llevado a la habitación. Cuando el enfermo abrió los ojos y giró levemente la cabeza vio a la que en ese momento creyó ser su mujer y le hablaba con voz apenas audible y con la angustia reflejada en el rostro. La hija escuchó paciente el susurro de su padre muy cerca de él y se dejó llamar Laura, y se dejó querer por el que pensaba ser su marido, y le correspondió cómo si su apasionada esposa fuera meciendo sus grises cabellos y apretando su mano en la suya infundiéndole ánimo, prestándole parte de su fortaleza a pesar de que sentía que a ella le estaba faltando; se ahogaba y necesitó apartarse de él por un momento para respirar.
       Pasó a su lado largas horas hasta que estuvo lo suficientemente bien como para levantarse y recorrer los pasillos en espera del alta que lo devolviera al confort de su casa.

     Esperó inútilmente la aparición de su hija a la mesa ese primer día en el ansiado hogar y siguió esperando, hasta que se convenció de que no volvería más. En lo sucesivo su compañía fue su mayordomo y su perro.  
                                                                                                                                                         
*****

0 comentarios:

Publicar un comentario

 
;