(Alegoría de un Amor)
Ya es tarde para recoger el fruto.
El terreno nunca fue bueno pero el árbol fructificó.
Sus raíces eran fuertes y hallaron alimento para él y aún fue hermoso.
Dio fruto jugoso y bueno y presumía de su prestancia.
Aquí estoy -decía- ufano a sus dueños
aún sabiendo que estos no se ocupaban mucho de él.
Era agradecido y lucía su hermosura;
hacía gala sin desdoro de sí mismo
y, se enfrentaba a la penuria de su vida con arrojo,
con valentía superó adversidades.
La sequía se fue haciendo más y más intensa y el árbol,
imperceptiblemente casi, empezó a languidecer.
Pedía auxilio y sus amos no lo escuchaban;
estaban demasiado ocupados en sí mismos
y de disfrutar del fruto que obtenían,
sin pensar, necios,que en no cuidándolo,
éste, irremisiblemente se acabaría.
Su copa ya no se hacía tan hermosa como en anteriores primaveras,
pero, aún conservaba parte de su esplendor;
el fruto en cambio poco a poco escaseaba
y llegó un momento que se agotó.
Sus amos no se enteraron, no pensaban en él,
pero, un día, rememorando, se le acercaron
para llenar sus cestos de sabroso fruto.
Ante él, parados quedaron, mudos,
apenas hojas, escasa ramas, frutos nulos.
¿Pero qué haces? ¿Dónde está tu fruto?
¿No ves que nos apetece? ¡Perezoso!
El árbol los mira impotente.
Él no comprende que le reprochen su agonía.
Ha luchado tanto por sobrevivir...
les gritó, les suplicó, y no halló respuesta.
Solo, se enfrentó a su solitario destino
y les ofreció su fruto hasta que estuvo yermo.
Ha sufrido toda clase de avatares.
Ha resistido estoicamente por seguir perteneciéndolos;
ha llorado y nadie ha escuchado sus lamentos.
Los ha echado en falta y se cansó de esperar que vinieran a él.
Y ahora, ahí están, junto a su tronco
contemplando su ruina y reprochándole
y, en su agonía se debate ¡Os he querido tanto!
Me duele tanto no seros útil ya; perdonadme, no he podido hacer más.
Desventurado. Aún carga con una culpa que no es suya
en un emotivo acto de generosidad.
El amo y el ama se miran.
Sin hablar se culpan mutuamente.
Cada uno quiere gritarle al otro:
Tuya es la culpa ¿por qué no lo cuidaste?
Pero callan porque de su desgracia han sido cómplices.
Silenciosos permanecen mirando a su árbol, herido ya de muerte.
Abrumados se sientan a su escasa sombra.
Uno piensa ¿Qué puedo hacer para salvarlo?
El otro: "Ya salvarte no quiero, solo olvidarte".
Pero está tan triste y desvalido... ¡Cuánto duele!
Anochece. Se levantan. Secan sus lágrimas.
Vuelven a su "hogar" separados, les duele arrimarse,
tan culpables se sienten de su abandono.
El árbol impotente los ve alejarse.
Mudo y solo queda nuevamente
y así morirá, como ha vivido casi siempre,
y eso no es lo que más le duele; lo que le sobrecoge y desgarra
es verlos marchar sin sus cestos
que vacíos yacen a los pies de su tronco,
trayéndole tantos recuerdos de su vida plena...
El árbol espera que termine su agonía sin saber que en ella no está solo,
que quienes no le supieron cuidar a su vez están también agonizantes.
Se esfuerza por mirar una vez más
y, en la lejanía ve dos sombras.
Serán ellos. Es su último pensamiento.
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