En un
pueblo cualquiera
Juan solía
decir a menudo que todos tenemos capacidades escondidas. ¿Dónde? Le decían sus
compañeros de banco en la plaza, riéndose, y él callaba ante estas salidas
archiconocidas de los compañeros de fatigas de ese ocio impuesto por las
circunstancias de sus actuales vidas, las de tantas personas llegadas a esta
edad, que para algunos eran fatídicas y
para otros benevolentes.
Todos ellos
habían sido trabajadores del campo en una u otra faceta.
Antonio, cultivó verduras en su huerto y, poco a poco había ido agrandando el terreno
con la anexión de algunas fincas dejadas de cultivar por sus dueños que, a su
vez habían alcanzado la edad del descanso merecido; otros habían abandonado el
pueblo en busca de diferente trabajo en la capital algo mejor remunerado que lo que
el campo les rentaba o, simplemente, quisieron estar más cerca de los hijos que
ya se habían emancipado hacía años y vivían holgadamente más o menos, de su
trabajo en fábricas diversas u otras salidas laborales tal como hacerse
policías o, incluso, la hija de Salvador que se decía, había entrado en
política aunque esto nunca lo supieron con seguridad pues ninguno de esta
familia volvió al pueblo; lo vendieron todo y no se sabía nada de ellos, de
ninguno, cual si se hubieran ido a países lejanos de nombres extraños de esos
de los que se ven en la tele en amplios reportajes.
Estaba
también Germán, buen vecino y amigo, siempre pendiente de si alguien necesitaba
algo; las señoras mayores del pueblo que se habían quedado solas sabían que en
realidad no lo estaban pues cualquier necesidad que tuvieran siempre él, solícito, se las resolvía ya fuera arreglar una cerradura, echar una paletada de
cemento a esa grieta rebelde que cada
vez que llovía les quedaba de muestra junto a las ventanas o puertas o
igualmente, llevarles compra del cercano pueblo más importante y, por tanto, con
más recursos para las compras siempre necesarias; él tenía un utilitario que lo
mismo servía para un paseo por los aledaños del pueblo en busca de algo de leña
que como ambulancia en casos no graves, pero necesitados de ser atendidos por
un médico especializado, tal como cuando llevó a Teresa que de una caída tenía
un tobillo roto y se le puso como una sandía de inflado, allí permaneció hasta
que a ella luego de horas fue atendida para acompañarla y devolverla a su
casa. Después le llevaba la compra y hasta comida preparada por él.
Y qué más da,
les decía, si guiso “pa” mí igual me da echarle un poco más a la olla; eso es
lo que
haría mi difunta Asunción que era lo más cercano a un
santo.
Mira César,
decía a uno, que en la vida nunca se sabe, hoy puedes ser tú a quién haya que ayudar
y es así como ha de vivir la gente que todos somos hermanos, ¿o no? El Señor
todopoderoso es lo que quiere, que nos amenos y ayudemos y no andar con broncas
y haciendo mala sangre a otros. ¡Tan
buena mi Asunción! Todos sabéis que es verdad lo que digo y, llegado a este
punto disimulaba su emoción sacando el pañuelo y frotándose los ojos decía
siempre: esta alergia…
Fue un día
muy triste aquél. Casi todos alrededor del hoyo en la tierra que había de
acoger su cuerpo inerme, sobre el ataúd de Asunción que, extrañamente aparecía
a los ojos de todos absolutamente pulcro, como recién estrenado y, ésto, atrajo
la atención de todos los ojos que reflejaron asombro, mirábanse unos a otros
sin que de ninguna boca saliera murmullo alguno.
Al poco, el
sacerdote llegado del pueblo de al lado, pues no había párroco en Valmoral del
Pozo, y con la señal de la cruz y el hisopo del agua bendita dejado en manos de
quien pilló más cercano comenzó el responso. Todos hicieron la señal de la cruz
y se hizo un silencio reverencial sin importar si la gente asistente fuera
creyente o no lo fuera.
Germán merecía el más absoluto respeto de
todos mientras de ciertos ojos escapaban también lágrimas compañeras de
sentimientos acumulados en los corazones de esos buenos vecinos.
Echando ya el agua bendita estaba D. Braulio, cuando el enterrador pidió permiso para inhumarlo y César, que asumió el papel de tal menester, asentía con la cabeza cuando una voz se hizo escuchar.
Todos permanecieron silenciosos mirando al recién llegado.
Era el hijo
ido del pueblo hacía ni se sabía cuanto tiempo transcurrido de aquél hecho.
Todos
dirigieron sus miradas a él y el sepelio quedó en suspenso.
El cura con
cara de apremio, pues tenía otros menesteres pendientes aquélla tarde fatídica
en el pueblo, esperaba también callado.
Arturo se
acercó al sepulcro y miró por unos minutos el ataúd sin decir nada ni dirigirse
a nadie.
Todos, hasta
los que no le conocieron de joven dedujeron que era el hijo vuelto. ¿Cómo se
había enterado?
Nadie supo
nunca dónde paraba pues César nunca lo mencionaba en sus charlas vecinales.
El hijo,
luego de unos graves minutos hizo seña al sepulturero. Todos con emocionados,
callaban.
Se acabó el
duelo y ninguno se atrevió a preguntarle nada mientras iba dejando caer la
tierra, palazo a palazo, Jonás el sepulturero.
Alguien dijo
de pronto: “Ha sido Asunción.” Callaron aún más si poder se pudiere. Todos en
su interior asintieron. Sí. Había sido ella, y el rumor se extendió allá lejos
del pueblo.
Con el tiempo
quedó en la comarca el dicho de que Asunción era la santa de la comarca, y… ¿Vaya sí lo creían?
Alcalá de Henares 28 Enero
2024

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