viernes, 24 de enero de 2014

No Hay Vidas Vulgares... (Algo de prosa)

         

                    Aclaración :    Acabo de darme cuena de que este escrito está incompleto.       
                                             Lo buscaré y aclararé el equívoco. Pido disculpas.  C.
  
                                   No Hay Vidas Vulgares, sino Historias no Contadas      (Pensamiento mío)        


     María camina por la ruta diaria hacia su trabajo, aún adormecida pues no ha pasado buena noche; su madre una vez más aquejada por su mal que le impulsa inconscientemente a hacer de la luna sol, y ha revoloteado por la casa cual si tuviera un sinfín de tareas que realizar, cuando lo cierto es que hacer, nada hace, excepto ahuyentar el sueño de su hija.
     Va deprisa ante el temor de llegar tarde al laboratorio, sin embargo algo le hace aminorar el paso. Ha creído ver en ese pobre vagabundo una cara conocida. Se para. Retrocede y lo mira con más atención mientras rebusca en sus recuerdos. Su nombre ¿cómo era? Alonso, Álvaro, algo así, sí. ¡Aniano! Ese compañero en las clases de la universidad. Tan estudioso y responsable; tan amigo de hacer favores y ayudar en todo momento. A ella misma le había sacado de apuros en alguna ocasión brindándole sus apuntes. ¿Cómo estaba ahí tirado escasamente resguardado entre cartones junto a ese banco que le prestaba escaso abrigo en esa mañana aún fría del mes de abril?
     María duda; se detiene junto a él o continúa su camino. Opta por lo segundo mas, pronto regresa y se le acerca. Ya tendrá una explicación para su falta de puntualidad.
     Lo mira fija y expresivamente antes de sacudir levemente su brazo. El hombre abre los ojos sobresaltado,  temiendo algún asalto de alguien que lo llene de improperios o le cause otro daño peor. Se asombra mirando a esa mujer que está a su lado sin decirle nada, solo lo mira y lo hace sin desprecio, al contrario, en ella se advierte cierta simpatía. Pronto su sobresalto se va transformando en sorpresa ¿qué busca esa persona en él?    
     Conversan por un tiempo indeterminado. Acabó la carrera, sí. Trabajó en Holanda donde estuvo bien considerado. Ganaba bien su sustento y regresaba a España con frecuencia para encontrarse con los suyos.
     En uno de estos viajes conoció a la mujer que creyó que lo colmaría de dicha por siempre y así transcurrieron unos meses en los cuales se fue entregando a ella sin apercibirse de que cada día iba siendo menos de él y más de ella quien lo iba despojando de su buen criterio y personalidad. Cuando ya era su presa lo envolvió en una negocio negro, prohibido, peligroso, del que no era capaz de escapar porque ni siquiera se había dado cuenta de lo inmerso que ya estaba en ese mundo de tráfico ilegal con personas desalmadas y fuera de la ley. Ya era su esclavo. Lo supo aquél día que quiso viajar a su ciudad para visitar a los suyos y se lo impidieron. Entonces se supo atrapado como en red de araña. Sus viajes a partir de entonces serían a Suráfrica haciendo de correo y de escudo humano, pues sabía que su vida tenía nulo valor para ellos excepto para delinquir. Supo lo que era vivir sin reglas legales y sentirse al borde de la muerte en cada viaje si no cumplía. Él no quería esa vida. No la quería y tenía que ir contra corriente. Sus principios destrozados por una mujer con la que ni siquiera se veía. Era tan humillante... Si su familia lo supiera, sus amigos, los que habían creído en él como una persona en la que fijarse podrían. ¿Dónde estaba Aniano aquél muchacho, aquél doctor en física y química de renombre internacional?
     Supo de amenazas, palizas, embustes y por fin, pobreza. Ya nadie le dio trabajo después de ocho años de cárcel. No quiso pedir ayuda a sus padres tan indigno se sentía. Ni siquiera se llegó a verlos olvidando que su madre sufriría por su callada y desconcertante ausencia y las calles de su ciudad, sin culpa, fueron su ingrato refugio durante varios años. Desmañado, flaco, mal vestido, mal comido, supo lo que era ser mendigo y a las muchas incomodidades de su desafortunada situación hubo de añadirle de nuevo el miedo, esta vez no a los mafiosos del tráfico de diamantes, a otros tan malos como ellos que disfrutaban con causarles daño solo por no soportar el ver su miseria andando en las calles de las que se sienten dueños, los destierran de

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