1 Quiso construir un puente imaginario para unir su infancia, juventud y presente y cavilando a ratos y otros pensando se le ocurrió investigar en el tiempo. Se introdujo en fechas lejanas, mucho, y se vio como un niño con cara triste y ojos llorosos. ¡Vaya! No he elegido bien el momento -se dijo- y probó en otro espacio que le devolvió la vida pasada en el obligado ejército y las bofetadas que, impune, le propinó el sargento.
Quedó disgustado e hizo otro intento. Entonces la vio como aquella primera vez que le cortó el aliento, que le hizo suya con amor y mucho respeto.
Se amaron tanto... pero la perdió quedando deshecho.
Avanzando un poco más a sí mismo encontró abatido, sin ilusión, maltrecho y, entonces se miró al espejo. El era así, como delataba su reflejo. Se rebeló. Caviló. Propuso cambiar su vida, la que tenía delante de sí, pero no pudo. Aquella noche la durmió interminablemente.
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2 En un bello y exuberante paraje, dos cuerpos reposan arrullados por la naciente fuente que cantarina, acompaña sus murmullos de amor.
Los cuerpos se acoplan en inocente éxtasis, y mana la fuente clara, cristalina.
Cae la tarde, en abrazo unidos, los dos caminan junto al lecho de agua que se aleja y que ya no vuelve. Deseosa va de que el amor presenciado de inocentes adolescentes no se aleje de ellos, que en ellos quede, perdure. El agua quisiera con ellos quedarse mas, no puede detenerse. Ese es su sino. Llegará a un arroyo, riachuelo, a un lago o al mar donde ya su pista se pierde. Sus gotas esparcidas cumplirán su ciclo y mientras entre las aguas la fuente se diluye añora a los dos amantes, nunca más los verá, pero... tal vez... en algún momento sobre ellos caiga en suave y delicada lluvia. Tal vez esas gotas sus primeras caricias les recuerden.
Ha pasado el tiempo; junto a la fuente unos chiquillos juegan alegres y el agua corre y se divierte.
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